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Un Acto de Valentía
El hecho de la vida, en la naturaleza, es siempre un pequeño milagro
aunque podamos explicarlo científicamente por la unión de
las células reproductoras.
El nacimiento del musgo, de una flor, el germinar de una semilla en el
huerto, la ruptura de un huevo en el nido, el nacimiento de un choto o
de una cabritilla... no deja de sorprendernos y de gratificarnos cada
día que sucede y somos testigos.
En el caso de los seres humanos, con mayor motivo. El nacimiento de un
niño puede llenar de alegría todo su alrededor. Sin embargo,
no siempre es así. Y no lo es porque hemos conseguido
que en este mundo en que vivimos, donde los recursos naturales son más
que suficientes para toda la humanidad, las posibilidades de vivir una
vida digna han quedado relegadas a sólo una parte de ella. Este
mundo, tan injustamente repartido, hace que no todas las familias puedan
recibir a un hijo con la misma alegría. Por eso, hay quienes se
ven obligados a renunciar a éllos.
Recientemente, hemos sido testigos, por la difusión de los medios
de comunicación, del abandono de dos bebés en condiciones
infrahumanas. Uno de ellos, murió después de ser recogido.
A todos nos sobrecoge que una madre o un padre pueda llegar a desprenderse
de un hijo de esa manera.
Sin embargo, al mismo tiempo, también somos testigos de que hoy
en día, y dadas estas circunstancias de injusticia y desigualdad,
cada vez hay más familias que adoptan a sus hijos, sin importarles
que éstos no tengan su herencia genética.
De todo ello podemos extraer varias conclusiones. Una de ellas es obvia
: la sociedad que estamos construyendo es cada vez más injusta
y provoca situaciones injustas que llevan a la organización de
guerras , al asesinato de seres con los que uno convive, al aumento de
la mendicidad, a la exclusión de los diferentes emigrantes,
minusválidos, enfermos, ...- al suicidio,... e, incluso, al abandono
de los hijos (el más alarmante de los cuales sería tirarlos
en la calle, pero no olvidemos que existen muchos otros abandonos...).
La otra es menos obvia pero no hay que olvidarla : tener un hijo, en los
tiempos que vivimos, y darlo en adopción, es un acto de dolor,
de generosidad, ... y en definitiva, de valentía.
Porque significa renunciar a él o ella ( sin ocultar la propia
identidad ) para darle una familia donde pueda desarrollarse y vivir dignamente.
Por eso, no juzguemos tan a la ligera a las personas, seamos más
cuidadosos, y tratemos de ponernos en las circunstancias y en la piel
de cada persona, en cualquier lugar del mundo.
I.M.
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